De vuelta a la rutina.

Ponerse de nuevo en marcha tras un periodo largo de descanso sin horarios, sin prisas y sin apenas obligaciones supone un gran esfuerzo para muchos. La vuelta al trabajo, reencontrarse con la realidad y retomar la rutina, requiere algo de tiempo para poder recuperar el ritmo y nivel de rendimiento habitual al cien por cien.

Para unos supone empezar una nueva etapa con energía renovadas pero, para otros que quizás no se sientan satisfechos consigo mismos o están mal en su trabajo, además de la necesidad de readaptación hay que sumarle la aparición de sentimientos de frustración, causando niveles altos de ansiedad. En estos casos las vacaciones suponen una liberación y la obligación de volver al trabajo dificulta, retrasa e intensifica el malestar de esta reincorporación.

El estrés o síndrome postvacacional no es más que la dificultad para adaptarse de nuevo a la rutina laboral o escolar tras un periodo vacacional prolongado. Podemos sentir cansancio generalizado, tensión muscular, falta de concentración e interés, nerviosismo, irritabilidad, pensamientos de preocupación o dificultad para organizarse.

¿Cómo podemos manejar esta vuelta al trabajo de forma exitosa?

  • Retoma hábitos y horarios rutinarios un par de días antes de comenzar.
  • Haz un resumen de tus días de vacaciones.
  • Recuerda algún momento de especial satisfacción o bienestar.
  • Trata de recordar esas buenas sensaciones que ese momento evocó en ti y revívelas en momentos de malestar.
  • Planea alguna actividad agradable sencilla a corto plazo para el próximo fin de semana.

 

Se trata de algo transitorio y breve. ¡Ten paciencia! En cuestión de una semana habrás retomado el ritmo de tu día a día.

 

Fdo.: Cristina Sarabia Pérez

¡Aprende a perdonarte!

 

Cometer errores forma parte de la vida y eso nos une a todos como seres humanos. Somos imperfectos y equivocarse es natural, es en nuestras imperfecciones donde encontramos parte de nuestra belleza.

Nos guste o no, fallaremos y en ocasiones nuestros errores perjudicarán a otras personas, incluso a aquellas que más queremos. Sabemos que de haber conocido una alternativa mejor de actuación para resolver determinado conflicto o situación, habría sido puesta en marcha. Aprendemos por ensayo y error, y lo importante es aprender de nuestros errores para crecer, corregir y evitar repetirlos.

Cuando fallamos surge de nosotros mismos una voz crítica que nos juzga, que nos lleva a pensar y repensar en lo que estuvo mal y en cómo nuestra conducta dice de nosotros que somos malos o tontos debilitando nuestra autoestima y despertando en nosotros el sentimiento conocido como Culpa.

Como todas las emociones, la culpa es necesaria y tiene su misión. Nos ofrece información sobre las consecuencias de nuestros actos y nos propone corregir y disculparnos. El mensaje que nos transmite es: «Hice algo malo». Pero esta emoción en ocasiones viene acompañada de otras como la vergüenza, la tristeza, la lástima por uno mismo convirtiéndola en una emoción desadaptativa.

La culpa se dispara cuando creemos que no hemos actuado correctamente, pero ¿Quién marca las medidas de lo que está bien y lo que está mal, lo que es correcto o incorrecto? Nuestra educación, cultura, creencias y valores son los que determinan cuándo y con qué intensidad nos sentimos culpables. Nos podemos sentir culpables por muchas cosas, por ejemplo, cuando decimos NO, cuando comemos en exceso, cuando pedimos ayuda o en la crianza de los hijos cuando queremos ser el mejor padre/madre. Nuestra mente interpreta la realidad que nos rodea en base a lo que hemos observado y aprendido a lo largo de nuestra vida y en consecuencia, experimentamos unas emociones u otras.

¿Cuántas veces nos hemos sentimos culpables y hemos pasado horas repasando una y otra vez la misma escena recreándonos en el traicionero “¿y si…?” o atrapados en el  repetitivo “Tendría que haberlo hecho así…”, “debería haberlo sabido…”? Sabemos que no podemos cambiar lo que ya ha sucedido, entonces cometida la falta, ¿De qué sirve castigarse?

Enfrentémonos a nuestros errores aceptando lo que hemos hecho, aceptarnos tal y como somos, con nuestras limitaciones y defectos. Sólo cuando seamos capaces de ver, aceptar y perdonar lo menos brillante de nosotros mismos podremos retomar nuestro bienestar buscando la forma de enmendar el daño y fortalecer nuestra autoestima.

 

¿Cómo no dejar que la culpa nos atrape y convertirla en nuestra aliada?

  • Detecta qué situación dio pie a la aparición de esta emoción.
  • Háblate amablemente, que tu voz crítica no te autocastigue.
  • Reevalua y detecta los posibles errores/daños cometidos.
  • Piensa en posibles soluciones o alternativas para remediar el error, pregúntate ¿Cómo podría solucionarlo?
  • Ponte en marcha e intenta reparar el daño.

En lugar del término culpa te recomendamos utilizar el concepto de responsabilidad. Culpa hace referencia a castigo, a la búsqueda de un culpable al que castigar y esto solo sirve para fustigarse. El termino responsabilidad es más adaptativo y hace referencia a la posibilidad de detectar qué has hecho mal, reparar el daño y aprender de ello.

 

El ser humano falla por naturaleza, Cualquier mal tiene una remedio por tanto no te sientas culpable sino responsables. Estamos en un camino constante de aprendizaje llamado “vida” y el verdadero error es no aprender de los fracasos.

Fdo.: Cristina Sarabia Pérez

La ansiedad, tu gran aliada.

La ansiedad goza de muy mala prensa, pero en realidad sin ella no podríamos vivir. La ansiedad es el principal mecanismo innato, con el que nacemos, diseñado para garantizar la supervivencia.

Cada vez que percibimos algún peligro, se produce en nuestro cuerpo una serie de cambios que nos ponen a punto, en las mejores condiciones físicas para poner en marcha las acciones adecuadas que aumenten nuestra probabilidad de sobrevivir ante el peligro. Estas acciones bien pueden estar encaminadas a luchas y hacer frente a esa amenaza o huir y ponernos a salvo de la misma.

Todo comienza en el cerebro. Cuando nuestros sentidos detectan o perciben señales de peligro, esta señal es recogida por nuestro sistema nervioso y enviada al cerebro quien a través de cambios bioquímicos, pone nuestro cuerpo en acción para afrontar la amenaza. Aunque parezca mentira, y muchas veces desagradable e incómodo, cada una de esas sensaciones que experimentamos ante esos cambios, tienen como misión activar nuestro programa de supervivencia. Los principales síntomas de ansiedad, esas sensaciones que notamos cuando estamos ansiosos, son: taquicardia, presión en el pecho, mareo, sensación de ahogo, tensión muscular, sensación de irrealidad, dolor de cabeza y estómago, nauseas, boca seca, temblor y cambios en la visión en líneas generales.

Una característica particular de la ansiedad es su corta duración. Es una reacción muy potente que se puede desencadenar en cuestión de segundos pero dura poco y tiene límites, depende de la singularidad y capacidad de reacción de nuestro sistema nervioso autónomo.

Gráficamente se podría describir con forma de ola; cuando nos ponemos en contacto con la situación temida o amenazante la ansiedad sube rápidamente a niveles elevados, pero no sube hasta el infinito, pasados unos minutos se estabiliza y el malestar permanece, ni sube ni baja. Tras unos minutos a un nivel estable, la ansiedad empezará a bajar lentamente de forma gradual hasta desaparecer del todo. Otra característica es que es inocua, no nos puede hacer daño, porque ¿Qué sentido tendría que un mecanismo diseñado para protegernos, nos causara algún daño?

 

La ansiedad tiene motivo y justificación cuando afrontamos situaciones peligrosas, de riesgo vital, en las que corremos realmente peligro. El problema está cuando esta ansiedad aparece en situaciones que nos son peligrosas. Es en estos casos cuando no hablamos de ansiedad, sino, de trastornos o problemas de ansiedad.

Los trastornos de ansiedad se definen como una reacción de ansiedad, en un primer momento adaptativa y saludable, que se dispara en situaciones que no suponen ningún riesgo y por tanto no debería activarse. En estos casos el problema no está en el funcionamiento de nuestro organismo, sino que a través de experiencias vividas anteriormente, conectamos situaciones que no son amenazantes con la etiqueta de “peligro inminente” ej.: ansiedad ante los exámenes.

El problema está en la conexión, no en el organismo ni en la naturaleza de la ansiedad en si. Así pues, el objetivo deberá ir encaminado a romper esa asociación entre situación-peligro y no en esconder y anular la respuesta de ansiedad que nos sirve para sobrevivir ej.: reaccionar ante la pitada de un coche.

Aprendamos a conocer nuestras emociones y sacarles el máximo partido. La ansiedad en su justa medida es nuestra gran aliada.

 

Fdo.: Cristina Sarabia Pérez.